Iroko, el Orisha árbol: la promesa, la gameleira y la ceiba

En algunos terreiros, el árbol más viejo del lugar no se trata como paisaje. De sus ramas cuelgan pedazos de tela blanca, a su pie hay botellas, platos y vasijas, y nadie le corta una rama (es la escena que describe Roger Bastide, p. 90 del PDF). Ese árbol tiene nombre de Orisha: Iroko. Este texto lee lo que dicen de él las fuentes que tenemos, los tres mitos que Reginaldo Prandi recogió en su capítulo y lo que le pasó a Iroko cuando cruzó el mar hacia Cuba, donde no crecía el árbol que le daba nombre.
Lo que las fuentes dicen que es
El glosario de Mitologia dos Orixás (Prandi escribe Iroco; aquí usamos Iroko, la forma del sitio) define a Iroco como un árbol africano sagrado, la Chlorophora excelsa, morada de Oro, el espíritu del bosque. En Brasil, dice Prandi, su lugar lo ocupó la gameleira-branca, que los antiguos candomblés de Bahía y Pernambuco veneraron como Orisha (Prandi, glosario, p. 841 del PDF). En la introducción del libro, el autor añade dos cosas: que muchos candomblés incluyen a Iroco en su panteón, imaginándolo como un árbol centenario en cuya copa frondosa habitan aves temidas por portar hechizo, y que su culto en Brasil es raro (Prandi, p. 29 del PDF).
Roger Bastide, en O Candomblé da Bahia, describe el mismo árbol desde el lado del rito. La gameleira-branca identificada con Iroco se prepara del mismo modo que una piedra sagrada o una hija de santo: la divinidad queda fijada en ella y, desde entonces, nadie puede tocarla. El registro que él trae dice además que, si alguien le cortara las ramas, correría sangre. En Recife, anota, a veces se cantaba para Iroco en ciertas fiestas, pero ese Orisha no tenía hijos ni se manifestaba en nadie (Bastide, O Candomblé da Bahia, p. 90 del PDF). Guarda ese detalle: uno de los mitos dice otra cosa.
Una advertencia antes de los mitos. Es común oír a Iroko llamado "señor del tiempo". En las obras que consultamos no encontramos ese título. Lo que un mito afirma es más concreto: Iroco fue el primer árbol plantado al comienzo de los tiempos, más antiguo que la caoba, que el árbol de obi y que el algodonero (Prandi, mito "Iroco castiga a mãe que não lhe dá o filho prometido"). Es una cuestión de antigüedad, y es todo lo que se puede decir con fuente.
La promesa de Olurombi
En el primer mito, el espíritu que vivía en el más viejo de los árboles de Iroco era temido por todos: asustaba de noche a los cazadores con una antorcha y enloquecía a quien lo mirara de frente. En una época en que ninguna mujer de la aldea quedaba embarazada, ellas se reunieron alrededor del tronco, de espaldas a él, y pidieron hijos. Cada una prometió lo que su marido podía dar: maíz, ñame, frutas, chivos, carneros. Olurombi, mujer de un tallador, no tenía nada de eso. En su desesperación, prometió el primer hijo que naciera.
Los hijos nacieron, las ofrendas se pagaron, y Olurombi no fue capaz de entregar al niño. Años después, Iroco la encontró en el camino y la convirtió en un pájaro preso en su propia copa. El pájaro cantaba una canción sobre las promesas cumplidas y la única que no lo fue. Cuando el tallador la oyó, lo entendió todo. No entregó al hijo ni huyó de la deuda: eligió el mejor leño del propio árbol de Iroco y talló un niño con los rasgos de su hijo, siempre sonriente. Iroco quedó feliz, porque aquel niño de madera era el único que lo miraba de frente sin miedo. Le devolvió a Olurombi su forma de mujer, y la familia volvió con ofrendas y telas de colores para adornar el tronco (Prandi, mito "Iroco castiga a mãe que não lhe dá o filho prometido").
El único que podía mirar a Iroco a la cara estaba hecho de la madera del propio Iroco. La deuda se pagó con trabajo y con arte.
La hechicera y la mujer común
El segundo mito trae otro Iroco: un hombre hermoso y fuerte que bajó del Orun al Aiyé con dos hermanas, Ajé, la hechicera, y Ogboí, una mujer común. Él se fue a vivir a un árbol; ellas, a casas. Ogboí tuvo diez hijos; Ajé tuvo uno solo, un pajarito. Cuando Ajé viajó y dejó a su hijo con la hermana, los sobrinos lo mataron y se lo comieron. Ajé corrió al árbol de Iroco y él, desde allí, castigó a los hijos de Ogboí hasta que la madre ofreció sacrificio para salvar a los que quedaban. El mito termina diciendo que Iroco vive en la gameleira-branca y hace justicia en la disputa entre las hechiceras y las mujeres comunes (Prandi, mito "Iroco ajuda a feiticeira a vingar o filho morto"). En sus notas, Prandi indica que tomó este mito de Osamaro Ibie (Prandi, p. 811 del PDF).
El cuerpo limpio
En el tercero, una mujer sin hijos acude al babalawo, que la manda a llevar un ebbó al árbol de Iroco. Ella lo hace casi todo: adorna el tronco con lazos de tela y deposita la ofrenda. Solo olvida el precepto de pasar los tres días anteriores sin relaciones con el marido. Iroco abre una boca en el tronco y la traga hasta los hombros. La aldea corre a ver, el babalawo tira y señala la falta y, como la mujer está arrepentida, el árbol la suelta. Ella queda embarazada, agradece con el cuerpo guardado y, cuando nace el niño, el babalawo dice que debe ser iniciado para Iroco. Desde entonces, dice el mito, el tronco vive adornado y a sus pies no faltan ofrendas (Prandi, mito "Iroco engole a devota que não cumpre a interdição sexual").
Aquí está la divergencia prometida. Bastide registra un Iroco sin hijos de santo en Recife; el mito termina con un niño iniciado para él. Las dos cosas son registro, y las dos se quedan aquí.
En Cuba, la ceiba
Lydia Cabrera oyó de los viejos informantes de El Monte que el iroko no crecía en Cuba. La ceiba les recordó a los lucumís el gran árbol de la costa africana, y la llamaron y consagraron con ese nombre. Algunos decían que Iroko vive en la ceiba; otros, que Iroko es la ceiba misma (Cabrera, El Monte, p. 80 del PDF). En la misma página, un informante describe a Iroko como santo varón y viejo.
Cabrera cuenta también una leyenda que es casi el mito de Olurombi con otro final. Erubbá, vendedora de frutas, le pedía cada día a la ceiba un hijo que la acompañara y le prometió un carnero a cambio. Nació una niña, y Erubbá olvidó la promesa. Un día, al pasar con la niña, vio bailar a Iroko: las raíces abrieron un hoyo y la tierra se tragó a la criatura mientras la madre le ofrecía de todo, demasiado tarde. Justo después, entre paréntesis, el libro trae una corrección: no es Iroko, sino Boma, quien concede hijos a las mujeres (Cabrera, p. 83 del PDF).
Y en el manual lucumí de Nicolás Angarica, Iroco aparece como santa, "hembra", un camino de Obatala que vive en lo alto de la ceiba, lejos del bullicio (Angarica, p. 25 del PDF). El Iroco del mito de Ibie es hombre; el de Angarica es mujer. No resolvemos la diferencia eligiendo un bando: son tradiciones distintas, y cada una registra a su Iroko.
Lo que Iroko cobra
Leídos juntos, los mitos forman un argumento. Iroko da lo que se pide, pero cobra exactamente lo prometido, y cobra también el modo de llegar a él. Olurombi debe un niño; la devota debe el cuerpo guardado; Ogboí debía cuidar al sobrino que su hermana le confió; Erubbá, en Cuba, debe un carnero. En todos los casos el peligro no viene del pedido: viene de la palabra dada y olvidada.
Hay también una lección sobre cómo pagar. El tallador no resuelve la deuda engañando a Iroko, sino con lo mejor de su oficio, hecho con la madera del propio árbol. La devota no escapa negando la falta: escapa porque se arrepiente. El árbol más viejo del mundo, en estos mitos, quiere la promesa cumplida entera.
Si conoces la ficha de Iroko en el sitio, estos mitos son su fondo: el árbol que guarda bajo su sombra lo que se prometió.
Fuente de este texto: mitos recogidos por Reginaldo Prandi en Mitologia dos Orixás (Companhia das Letras, 2001), capítulo de Iroco, más el glosario y la introducción del libro; Roger Bastide, O Candomblé da Bahia (1961); Lydia Cabrera, El Monte (1954); Nicolás Valentín Angarica, Manual del Oriaté. Páginas del PDF. Lo contamos con palabras propias.
Lo que has leído aquí tiene raíz en los 256 Odus de Ifá — el corpus que estudiamos verso a verso. Léelos como contemplación: la adivinación real pertenece a la mesa de un babalawo consagrado.
Fuentes consultadas
- Mitologia dos Orixás — Reginaldo Prandi, pp. 29, 811, 841 del PDF
- O Candomblé da Bahia — Roger Bastide, p. 90 del PDF
- El Monte — Lydia Cabrera, pp. 80, 83 del PDF
- Manual del Oriaté — Nicolás Valentín Angarica, p. 25 del PDF
Quién escribe
- Pablo de Lima (Awofakan)
- Thaiana de Lima (Ikofá)
Una pareja iniciada en Ifá en el linaje cubano — Regla de Ocha / Ifá.
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